Vos también sabés las pocas chances que tiene una mujer como yo de encontrar a su “roto” (o a su “descosido”, nunca supe cuál es cuál) a esta altura de la vida.
Una como que ya lo asumió, pero ahí sigue la mamá de una, preguntando cada domingo si saliste y si “conociste a alguien”.
— No, mamá… Bah, conocí a varias personas pero no del tipo que vos me estás preguntando.
Después de años de mucha noche y mucho rímel infructuoso, una como que pierde el norte. Entonces, cualquier lugar empieza a parecer un escenario donde es posible encontrarse con el roto.
Bah, tampoco cualquiera. Ponele, acá en Montevideo, con tanta parada y tanto Celeritas, no te va a pasar como en Estados Unidos, que te subís a un taxi y por la otra puerta se sube el roto de tu vida. Eso no. Pero el rollo telenovela que arrastramos desde Grecia Colmenares como que se dispara mal.
He pensado mucho en esto cuando voy a poner saldo en el celular a esos locales de cobranza que siempre están llenos. La mujer que te pregunta el número nunca escucha bien, por el vidrio, y una tiene que repetir el número casi gritando.
Últimamente me pasa que la segunda vez que digo en voz alta mi teléfono se me dispara la telenovela: empiezo a mirar alrededor y a preguntarme «Alguno de estos señores de la fila, ¿no tendrá a bien memorizarlo y ofrecerse por sms a hacerme la costura?»
nolvidarme
de las pavadas mías de cada día
lunes 24 de octubre de 2011
viernes 21 de octubre de 2011
Devuélveme la vida
El otro día lo crucé en la peatonal Sarandí.« ¡Qué zarpadas las vueltas de la vida!», pensé.
¿Viste que en la escuela hay una edad en que a las niñas les da mucha vergüenza interactuar con los varones? Bueno, en esa edad llegó Jorgito E. a mi clase.
Venía de una escuela rural que tenía seis alumnos, dijo la maestra.
A los pocos días, una reunión de padres iba a cambiar mi vida para siempre. En la estrategia participaron las siguientes personas:
a) la maestra,
b) mi madre,
c) la madre de Jorgito E.
Me llamaron para hablar y me dijeron que tenía que jugar con Jorgito, que él no se estaba adaptando bien y que volvía a su casa llorando. Había que revertir la situación, me trasmitieron.
Yo era la listilla, la popular, la de la Cruz Roja que además habla en los actos. Y se me encomendó una misión humanitaria, propiamente.
Para estar a la altura tuve que pelear contra la vergüenza e ignorar las bromas. Lo hice y jugué con Jorgito E. todas las tardes durante un tiempo, hasta que lo empezaron a invitar a los cumpleaños y eso.
Pasaron como veinticinco años y el otro día me lo crucé en la peatonal, te decía. Bronceado, altísimo y muy atlético. Está casado con una mujer preciosa, tiene dos hijitos y mucho dinero. Es lo que la gente definiría como un hombre exitoso, sencillamente.
Yo, por mi parte, me quedé sola, gano un sueldo de sobrevivencia y voy a terapia porque solo logro hacer amistades patológicas con los hombres.
No le di mucho detalle de mi vida y lo despedí con cariño, claro. Pero después de que caminé unos pasos tuve como ganas y girar y gritarle:
—¡Devuélveme mi vida, Jorgito!
¿Viste que en la escuela hay una edad en que a las niñas les da mucha vergüenza interactuar con los varones? Bueno, en esa edad llegó Jorgito E. a mi clase.
Venía de una escuela rural que tenía seis alumnos, dijo la maestra.
A los pocos días, una reunión de padres iba a cambiar mi vida para siempre. En la estrategia participaron las siguientes personas:
a) la maestra,
b) mi madre,
c) la madre de Jorgito E.
Me llamaron para hablar y me dijeron que tenía que jugar con Jorgito, que él no se estaba adaptando bien y que volvía a su casa llorando. Había que revertir la situación, me trasmitieron.
Yo era la listilla, la popular, la de la Cruz Roja que además habla en los actos. Y se me encomendó una misión humanitaria, propiamente.
Para estar a la altura tuve que pelear contra la vergüenza e ignorar las bromas. Lo hice y jugué con Jorgito E. todas las tardes durante un tiempo, hasta que lo empezaron a invitar a los cumpleaños y eso.
Pasaron como veinticinco años y el otro día me lo crucé en la peatonal, te decía. Bronceado, altísimo y muy atlético. Está casado con una mujer preciosa, tiene dos hijitos y mucho dinero. Es lo que la gente definiría como un hombre exitoso, sencillamente.
Yo, por mi parte, me quedé sola, gano un sueldo de sobrevivencia y voy a terapia porque solo logro hacer amistades patológicas con los hombres.
No le di mucho detalle de mi vida y lo despedí con cariño, claro. Pero después de que caminé unos pasos tuve como ganas y girar y gritarle:
—¡Devuélveme mi vida, Jorgito!
miércoles 19 de octubre de 2011
El conocimiento: he ahí el problema
Cada vez que entro a la piscina del club, me acuerdo de mi problema. Y si justo hay algún pibe que esté bueno, me estiro la malla disimuladamente.
Ahora tengo un problema porque lo sé. Antes no lo tenía, pero un día pasó esto:
Era verano y estábamos en la Barra del Chuy. Gaby tenía un grano horrible en la entrepierna y le dolía. Tuvo que ir a la policlínica, me acuerdo.
— Dice el doctor que no me preocupe, que es un pelo dado vuelta —me explicó.
— ¿Un pelo dado vuelta? ¿Cómo? —pregunté.
No podía entender cómo un pelo podía darse vuelta y convertirse en aquello.
— Sí, un pelo dado vuelta que se infecta. ¿Vos nunca tuviste un pelo dado vuelta?
— Yo no. Nunca —aseguré.
Como a los dos días me estaba sacando la arena en la ducha de afuera y me moví la malla. Gaby esperaba su turno y en una me grita:
— ¡Eso es un pelo dado vuelta, mija! ¡Y eso! ¿Cómo que no tenés? ¡Tenés muchos más que yo!
Me miré sorprendida. Yo creía que la piel de ahí era así, como con puntitos negros.
— Son puntos negros —repliqué estirándome para verme mejor.
— No, mija, no. Son pelos que en vez de salir como deberían, crecen para adentro.
— ¡Pa! —alcancé a decir, pero me quedé pensando.
Ni siquiera sabía que eso podía pasar. ¿Cómo una persona vive treinta años ignorando que tiene pelos dados vuelta?, me pregunté.
Ahora tendría que:
1) vivir con el temor de que un día me saliera un grano como el de Gaby.
2) sentir la compulsión de taparlos, porque ahora sabía que eran pelos (y encima desviados, mal hechos).
3) asumir que mi cuerpo albergaba tanto error de información genética en una zona tan reducida.
4) corroborar, una vez más, que toda mi desinteligencia terminaba confluyendo en el pubis.
Cerré la ducha y me estiré la malla, como hago ahora cuando entro a la piscina del club, mientras miro si hay algún pibe que esté bueno.
Ahora tengo un problema porque lo sé. Antes no lo tenía, pero un día pasó esto:
Era verano y estábamos en la Barra del Chuy. Gaby tenía un grano horrible en la entrepierna y le dolía. Tuvo que ir a la policlínica, me acuerdo.
— Dice el doctor que no me preocupe, que es un pelo dado vuelta —me explicó.
— ¿Un pelo dado vuelta? ¿Cómo? —pregunté.
No podía entender cómo un pelo podía darse vuelta y convertirse en aquello.
— Sí, un pelo dado vuelta que se infecta. ¿Vos nunca tuviste un pelo dado vuelta?
— Yo no. Nunca —aseguré.
Como a los dos días me estaba sacando la arena en la ducha de afuera y me moví la malla. Gaby esperaba su turno y en una me grita:
— ¡Eso es un pelo dado vuelta, mija! ¡Y eso! ¿Cómo que no tenés? ¡Tenés muchos más que yo!
Me miré sorprendida. Yo creía que la piel de ahí era así, como con puntitos negros.
— Son puntos negros —repliqué estirándome para verme mejor.
— No, mija, no. Son pelos que en vez de salir como deberían, crecen para adentro.
— ¡Pa! —alcancé a decir, pero me quedé pensando.
Ni siquiera sabía que eso podía pasar. ¿Cómo una persona vive treinta años ignorando que tiene pelos dados vuelta?, me pregunté.
Ahora tendría que:
1) vivir con el temor de que un día me saliera un grano como el de Gaby.
2) sentir la compulsión de taparlos, porque ahora sabía que eran pelos (y encima desviados, mal hechos).
3) asumir que mi cuerpo albergaba tanto error de información genética en una zona tan reducida.
4) corroborar, una vez más, que toda mi desinteligencia terminaba confluyendo en el pubis.
Cerré la ducha y me estiré la malla, como hago ahora cuando entro a la piscina del club, mientras miro si hay algún pibe que esté bueno.
martes 20 de septiembre de 2011
No te amo, pero cuidate
Hay dos modas del lenguaje oral que me molestan bastante, pero no lo puedo decir, porque queda como de inadaptada.
Una de esas modas la practica cierta clase adolescente: la que va al vestuario de mi club. No es que se digan “boluda” cada tres palabras. No es eso lo que me jode. Lo que me fastidia es que se dicen “te amo” todas las veces que se despiden. Todas con todas.
Yo sé que las palabras no se gastan, pero me dan ganas de decirles: “Bo, boludas, guarden alguno para cuando amen de verdad”. No tenemos inventada otra expresión similar, no tenemos nada que se asome al poder semántico de un “te amo”. Entonces no me lo uses para despedirte todas las tardes de las chicas de handball.
Otra cosa que me molesta (mis amigos no lo saben) es el “Cuidate” o “Cuidate mucho” en las despedidas.
Primero porque es obvio que me cuido. Me cuido todo el tiempo: como brócoli y germen de trigo, hago yoga, tomo homeopatía y uso yerba para nerviosos. Pero me cuido para mí, no porque vos me lo sugieras. ¿Cuál es el sentido de decirme “cuidate”? ¿Cómo lo decodifico? ¿Como un: “me interesa que sigas viva”?
Segundo, soy hipocondríaca y supersticiosa en la misma proporción. Si me decís eso, mi mente piensa: ¿De qué me tengo que cuidar? ¿Vos sabés algo? ¿Estás presintiendo que me puede pasar algo?
— Si me va a pasar algo, decimelo. En serio, boluda. Decimelo porque entonces sí, si sé que me va a pasar algo, ahí te digo que te amo.
Una de esas modas la practica cierta clase adolescente: la que va al vestuario de mi club. No es que se digan “boluda” cada tres palabras. No es eso lo que me jode. Lo que me fastidia es que se dicen “te amo” todas las veces que se despiden. Todas con todas.
Yo sé que las palabras no se gastan, pero me dan ganas de decirles: “Bo, boludas, guarden alguno para cuando amen de verdad”. No tenemos inventada otra expresión similar, no tenemos nada que se asome al poder semántico de un “te amo”. Entonces no me lo uses para despedirte todas las tardes de las chicas de handball.
Otra cosa que me molesta (mis amigos no lo saben) es el “Cuidate” o “Cuidate mucho” en las despedidas.
Primero porque es obvio que me cuido. Me cuido todo el tiempo: como brócoli y germen de trigo, hago yoga, tomo homeopatía y uso yerba para nerviosos. Pero me cuido para mí, no porque vos me lo sugieras. ¿Cuál es el sentido de decirme “cuidate”? ¿Cómo lo decodifico? ¿Como un: “me interesa que sigas viva”?
Segundo, soy hipocondríaca y supersticiosa en la misma proporción. Si me decís eso, mi mente piensa: ¿De qué me tengo que cuidar? ¿Vos sabés algo? ¿Estás presintiendo que me puede pasar algo?
— Si me va a pasar algo, decimelo. En serio, boluda. Decimelo porque entonces sí, si sé que me va a pasar algo, ahí te digo que te amo.
lunes 19 de septiembre de 2011
Manifiesto incomunista
Quiero hacer un llamado a la reflexión. Quiero que nos sinceremos, que asumamos que la ensalada rusa es una aberración y que hagamos el bien de no heredársela a las generaciones venideras.
Porque puede pasar. Ya les vamos a dejar la hiperactividad, los ataques de pánico, la adicción a Internet, las bolsas de nylon, las pilas y el baile del caño. Tratemos de no dejarles, también, la rusa.
Que levante la mano el que haya comido una rusa verdaderamente rica. Que no le faltara sal o tuviera la papa muy blanda, o la arveja sin gusto, o la mayonesa barata…
Eso por no hablar de la zanahoria hervida. La capacidad de esos cubitos naranjas de estimular a una papila gustativa debe de ser inferior a la mía para estimular al drogón aquel…
A ver, señores: tenemos rúcula en bares populares, podemos comprar yogur griego en Ta Ta... Ya dejemos de hacer ensalada rusa.
Porque ni para tradición da. La mixta todavía, te la llevo. Porque es sanita y, si el tomate está bueno, puede ser agradable. Pero la rusa… para empezar es rusa. Y además es pesada, insulsa y siempre tiene un ingrediente que está muy cocinado, o es como una plasta, o está requete fría o algo así.
Prima hermana del salpicón de ave (cuya eliminación no propongo para no parecer ultra), la rusa denota escasez y requeche, pero sobre todo desidia.
Todo bien con el comunismo, Tolstoi, las mamushkas y el Bolshoi, pero la ensalada sacamela. Quiero Navidades con rúcula, cilantro, aceite de sésamo, barbacue sauce y la mar en coche. Y a Rusia lo que es de Rusia.
Porque puede pasar. Ya les vamos a dejar la hiperactividad, los ataques de pánico, la adicción a Internet, las bolsas de nylon, las pilas y el baile del caño. Tratemos de no dejarles, también, la rusa.
Que levante la mano el que haya comido una rusa verdaderamente rica. Que no le faltara sal o tuviera la papa muy blanda, o la arveja sin gusto, o la mayonesa barata…
Eso por no hablar de la zanahoria hervida. La capacidad de esos cubitos naranjas de estimular a una papila gustativa debe de ser inferior a la mía para estimular al drogón aquel…
A ver, señores: tenemos rúcula en bares populares, podemos comprar yogur griego en Ta Ta... Ya dejemos de hacer ensalada rusa.
Porque ni para tradición da. La mixta todavía, te la llevo. Porque es sanita y, si el tomate está bueno, puede ser agradable. Pero la rusa… para empezar es rusa. Y además es pesada, insulsa y siempre tiene un ingrediente que está muy cocinado, o es como una plasta, o está requete fría o algo así.
Prima hermana del salpicón de ave (cuya eliminación no propongo para no parecer ultra), la rusa denota escasez y requeche, pero sobre todo desidia.
Todo bien con el comunismo, Tolstoi, las mamushkas y el Bolshoi, pero la ensalada sacamela. Quiero Navidades con rúcula, cilantro, aceite de sésamo, barbacue sauce y la mar en coche. Y a Rusia lo que es de Rusia.
jueves 18 de agosto de 2011
Yo me quiero casar; ¿y usted?
No tengo novio y no quiero tener. Mucho menos quiero marido. Pero me quiero casar. Me merezco la experiencia de casarme, porque estoy culturalmente programada para eso. Quiero el vestido, el arroz, el baile y, ¡qué maravilla!, que me hagan los pies en una habitación del Radisson.
Tengo buenos amigos y pensé que alguno iba a aceptar, pero no. Y hasta ahora no me doy cuenta de qué parte no les convence.
—A ver, ¿qué podés perder? No tenemos que amarnos ni que dormir juntos ni nada. Solo elegimos un día cualquiera y nos damos unos picos delante de los amigos. Después decimos que nos dimos cuenta de que nos pasan cosas y que nos casamos.
Tu mamá se pone feliz y la mía ya puede dejar de ir al curandero con mi foto. Ponemos fecha y hacemos un colectivo en Abitab. Con esa plata nos vamos de viaje. Grecia. Espectacular. Si además nos regalan cosas, las dividimos o las ponemos en Mercado Libre.
Mi hermana nos hace la separación de bienes o podemos dejar firmado el divorcio desde antes. Yo te lo firmo igual en blanco. (¡Ah, blanco como el vestido blanco, qué lindo!).
Alquilamos un salón bien cutre. Después del vals (¡Ayyy, qué belleza el vals!) yo lagrimeo y decimos que nos estafó la wedding planner y que no hay catering. Pero bailamos. Bailamos toda la noche. Si querés terminamos con “Un saludo cordial” de los Asaltantes.
Nos dan días libres en el trabajo y la gente nos tira buena onda.
Llegamos del viaje, te quedás un tiempito en casa y después argüimos lo mismo que todo el mundo y nos separamos. Pará, antes preparamos dos lindos portarretratos, para tu vieja y la mía. ¿Por qué no? ¿Qué parte no te gusta?
Ninguno aceptó: Gonzalo, Gabriel, Daniel, Luis… Yo sigo creyendo que está bueno.
Ellos dicen que es mentir a la gente. Yo no pienso que sea para tanto. Porque querernos, nos queremos. Se nos podrá acusar de exagerar, pero ta, nadie es perfecto y yo merezco casarme. Tengo toda una cultura que me impele.
—Dale, dale, porfi. ¿Qué te cuesta? Solo hay que jugar un rato a la telenovela. Como en la vida misma… ¿Y si te hacen los pies en el Radisson a vos también?
Tengo buenos amigos y pensé que alguno iba a aceptar, pero no. Y hasta ahora no me doy cuenta de qué parte no les convence.
—A ver, ¿qué podés perder? No tenemos que amarnos ni que dormir juntos ni nada. Solo elegimos un día cualquiera y nos damos unos picos delante de los amigos. Después decimos que nos dimos cuenta de que nos pasan cosas y que nos casamos.
Tu mamá se pone feliz y la mía ya puede dejar de ir al curandero con mi foto. Ponemos fecha y hacemos un colectivo en Abitab. Con esa plata nos vamos de viaje. Grecia. Espectacular. Si además nos regalan cosas, las dividimos o las ponemos en Mercado Libre.
Mi hermana nos hace la separación de bienes o podemos dejar firmado el divorcio desde antes. Yo te lo firmo igual en blanco. (¡Ah, blanco como el vestido blanco, qué lindo!).
Alquilamos un salón bien cutre. Después del vals (¡Ayyy, qué belleza el vals!) yo lagrimeo y decimos que nos estafó la wedding planner y que no hay catering. Pero bailamos. Bailamos toda la noche. Si querés terminamos con “Un saludo cordial” de los Asaltantes.
Nos dan días libres en el trabajo y la gente nos tira buena onda.
Llegamos del viaje, te quedás un tiempito en casa y después argüimos lo mismo que todo el mundo y nos separamos. Pará, antes preparamos dos lindos portarretratos, para tu vieja y la mía. ¿Por qué no? ¿Qué parte no te gusta?
Ninguno aceptó: Gonzalo, Gabriel, Daniel, Luis… Yo sigo creyendo que está bueno.
Ellos dicen que es mentir a la gente. Yo no pienso que sea para tanto. Porque querernos, nos queremos. Se nos podrá acusar de exagerar, pero ta, nadie es perfecto y yo merezco casarme. Tengo toda una cultura que me impele.
—Dale, dale, porfi. ¿Qué te cuesta? Solo hay que jugar un rato a la telenovela. Como en la vida misma… ¿Y si te hacen los pies en el Radisson a vos también?
jueves 28 de abril de 2011
Etapas del cambio (o cambio de las tapas)
Etapa 1: Darse cuenta del problema
Me fui a depilar. La mina me pide que me ponga boca abajo y exclama:
- ¡Pa! ¿Qué te pasó?
- ¿Qué tengo?
- Mirate. Como arañazos, pero muchos —dice y, con tono pícaro, agrega: Lo importante es pasarla bien.
- No, no son uñas. Además no he tenido chances de taaanto— le digo queriendo sonar poco convincente. Me gusta fanfarronear y que crea que tengo una vida sexual.
Llego a casa, me miro mejor y, efectivamente, me veo toda la parte inferior de la nalga rasguñada. “Pucha”, digo. “O estoy bebiendo demasiado o tengo una enfermedad o algo”.
Pasaron como dos días hasta que me di cuenta. La tapa del wáter (de esas de plástico duro) estaba partida. Y, cada vez que me levantaba, me pellizcaba la nalga.
Etapa 2 (meses después): Buscar la solución
Un día fuimos al Chuy.
—¿No precisás nada para la casa?—pregunta mamá.
—Uy, sí. Ahora que decís, hace meses que preciso una tapa de wáter.
Las ferreterías me parecen sucias, caóticas, las odio. Pero a mamá le encantan. Se mete en una del lado uruguayo y sale con una tapa marrón (puaj). Me da la boleta por las dudas, por la Aduana.
—Me imagino que sabrás ponerla, ¿no? Es muy fácil. Son dos tornillos.
—Ay obvio, mamá. A esta altura de la vida, si no puedo poner una de estas… — digo mientras me fijo si hay instrucciones.
Etapa 3. Intentar el cambio
Sentada en el piso de mi baño, con las instrucciones que parecían claras, lo intenté, pero quedaba como suelta. Como que se movía.
Es muy feo estar sentado en el piso cerca del wáter. Hice lo que pude y concluí: “Debe de haber venido fallada esta tapa”. La dejé así.
Etapa 4: El clásico retroceso
Con los días, cada vez que me sentaba, temía resbalarme y salir despedida. “Para esto me quedaba con los rasguños”, pensé. Y ahí me pregunté:
—¿Y yo por qué tengo una tapa de wáter… si se supone que esto es para protegerme de la mala puntería de los hombres y todo indica que acá nunca habrá uno? ¿Para qué necesito una maldita tapa de wáter? ¿Y además por qué la compré en el Chuy, al mismo precio que en Montevideo, y la cargué 400 kilómetros? Solo porque mamá compra las cosas en el Chuy— me respondí.
Y ahí se me disparó una rebeldía inusitada:
¿Y yo por qué tengo repasadores, si siempre pensé que son un asco y juntan microbios?
Y empecé a fijarme en lo que tengo por costumbre: las bombachas en ese lugar, la sal en esa lata, la yerba en esta otra. ¿Y yo por qué tengo una guampa para poner la yerba en el mate, si es horrible esa guampa?
Etapa 5: El cierre
Me decidí a tirar todo lo “heredado”, todo lo que no formaba parte de mi voluntad. Pero justo ese día vino mamá a casa. Y fue al baño.
— ¿Por qué demoraste tanto, mami?
— Porque puse la tapa. ¿Vos no ibas a ir a depilarte?
— Sí, sí. Ya voy, ya voy.
Me fui a depilar. La mina me pide que me ponga boca abajo y exclama:
- ¡Pa! ¿Qué te pasó?
- ¿Qué tengo?
- Mirate. Como arañazos, pero muchos —dice y, con tono pícaro, agrega: Lo importante es pasarla bien.
- No, no son uñas. Además no he tenido chances de taaanto— le digo queriendo sonar poco convincente. Me gusta fanfarronear y que crea que tengo una vida sexual.
Llego a casa, me miro mejor y, efectivamente, me veo toda la parte inferior de la nalga rasguñada. “Pucha”, digo. “O estoy bebiendo demasiado o tengo una enfermedad o algo”.
Pasaron como dos días hasta que me di cuenta. La tapa del wáter (de esas de plástico duro) estaba partida. Y, cada vez que me levantaba, me pellizcaba la nalga.
Etapa 2 (meses después): Buscar la solución
Un día fuimos al Chuy.
—¿No precisás nada para la casa?—pregunta mamá.
—Uy, sí. Ahora que decís, hace meses que preciso una tapa de wáter.
Las ferreterías me parecen sucias, caóticas, las odio. Pero a mamá le encantan. Se mete en una del lado uruguayo y sale con una tapa marrón (puaj). Me da la boleta por las dudas, por la Aduana.
—Me imagino que sabrás ponerla, ¿no? Es muy fácil. Son dos tornillos.
—Ay obvio, mamá. A esta altura de la vida, si no puedo poner una de estas… — digo mientras me fijo si hay instrucciones.
Etapa 3. Intentar el cambio
Sentada en el piso de mi baño, con las instrucciones que parecían claras, lo intenté, pero quedaba como suelta. Como que se movía.
Es muy feo estar sentado en el piso cerca del wáter. Hice lo que pude y concluí: “Debe de haber venido fallada esta tapa”. La dejé así.
Etapa 4: El clásico retroceso
Con los días, cada vez que me sentaba, temía resbalarme y salir despedida. “Para esto me quedaba con los rasguños”, pensé. Y ahí me pregunté:
—¿Y yo por qué tengo una tapa de wáter… si se supone que esto es para protegerme de la mala puntería de los hombres y todo indica que acá nunca habrá uno? ¿Para qué necesito una maldita tapa de wáter? ¿Y además por qué la compré en el Chuy, al mismo precio que en Montevideo, y la cargué 400 kilómetros? Solo porque mamá compra las cosas en el Chuy— me respondí.
Y ahí se me disparó una rebeldía inusitada:
¿Y yo por qué tengo repasadores, si siempre pensé que son un asco y juntan microbios?
Y empecé a fijarme en lo que tengo por costumbre: las bombachas en ese lugar, la sal en esa lata, la yerba en esta otra. ¿Y yo por qué tengo una guampa para poner la yerba en el mate, si es horrible esa guampa?
Etapa 5: El cierre
Me decidí a tirar todo lo “heredado”, todo lo que no formaba parte de mi voluntad. Pero justo ese día vino mamá a casa. Y fue al baño.
— ¿Por qué demoraste tanto, mami?
— Porque puse la tapa. ¿Vos no ibas a ir a depilarte?
— Sí, sí. Ya voy, ya voy.
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