La técnica del masaje se llama Shiatzu Zen. La masajista, Silvia.
Me la recomendó mi amiga Karina . Yo la llamé, agendé y (como casi siempre) cancelé el día antes.
Ella le dijo a Karina que mi actitud era muy típica de las personas evasivas.
Karina me lo contó.
Al otro día la llamé de nuevo y fui. (No sé si será una estrategia de marketing pero conmigo funcionó, evasiva será tu madrina).
Empezamos la sesión y me preguntó mi signo en el horóscopo occidental y en el chino.
-Esta es tu última reencarnación- sentenció.
- ¿Por qué decís eso?
- Para los chinos, esta es tu última vida antes de la Iluminación. Si te portaste bien, claro. Si te portaste mal, empiezas de nuevo a reencarnarte pero en el escalafón más bajo. Puede ser una cucaracha o un pez.
Menuda encrucijada. Porque ya había hecho pedidos para mis próximas diez reencarnaciones, por lo menos. Ser hombre, bailarina, millonaria, mochilera, africana, bibliotecaria…
- Vas necesitando cada vez menos de la materia, del cuerpo- me explicó.
"Ese debe de ser el motivo de una vida tan asexuada", especulé en silencio, mientras me acomodaba en la colchoneta.
Me frotó con las manos y con los pies, me contorsionó, me movió, me hizo girar la cabeza, me masajeó los dedos, me acarició el pelo y al final me dijo "gracias".
Me enderecé mucho más cerca de la Iluminación que de la cucaracha. Fue el efecto del masaje y también de la certeza de que, por más evasivo que sea uno, acá y en la China, no hay mejor cura que la mano del otro. Aunque haya que pagar por ella.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Superficial
Las mujeres del gimnasio creen que soy un desastre y me lo hacen saber. Al principio todas me preguntaban por qué no usaba soutien y me pronosticaban unas consecuencias horribles por la acción de la gravedad sobre las glándulas mamarias. “No me importa que se caigan”, respondía yo, como diciendo “no pensarás que voy a empezar a comprar soutienes después de los 30”.
También les costó aceptar que caminara sin chinelas en el piso húmedo. “Yo no creo en los hongos”, les explicaba, antes de escuchar a la veterana que replicaba “Ahhh, pero que los hay, los hay”.
En general les cuesta entender mi manía de sacarme dos buzos de una sola vez. Y mi argumento no las convence. Les digo que llevan tanto rato juntitos que me da pena separarlos. “Es más, cuando los meta en la lavadora también los pondré así, uno adentro del otro. Y los tiendo así en la cuerda, para que no sufran”. Se sonríen pero sienten pena por mí. Me doy cuenta.
Por momentos me hacen sentir la peor del vestuario, como cuando me olvido de la bombacha y tengo que ponerme el pantalón con cara de convencida, del tipo “esto también es por elección”.
Últimamente me olvido de casi todo. No sólo de la bombacha sino del shampoo y del desodorante. A veces ya estoy envuelta en la toalla cuando advierto la falta. Entonces mendigo unas gotas de algo para usar como gel de ducha y un poquito de desodorante, si no es molestia.
En general me dan sin problemas, debo admitir, pero después me ven perfumarme y maquillarme con todos los implementos (que jamás me faltan) y siento vergüenza. Y un poco de injusticia en sus miradas. Me dan ganas de preguntar: ¿Qué? ¿Acaso soy la única en este recinto que se ocupa de lo superficial y descuida lo importante?
También les costó aceptar que caminara sin chinelas en el piso húmedo. “Yo no creo en los hongos”, les explicaba, antes de escuchar a la veterana que replicaba “Ahhh, pero que los hay, los hay”.
En general les cuesta entender mi manía de sacarme dos buzos de una sola vez. Y mi argumento no las convence. Les digo que llevan tanto rato juntitos que me da pena separarlos. “Es más, cuando los meta en la lavadora también los pondré así, uno adentro del otro. Y los tiendo así en la cuerda, para que no sufran”. Se sonríen pero sienten pena por mí. Me doy cuenta.
Por momentos me hacen sentir la peor del vestuario, como cuando me olvido de la bombacha y tengo que ponerme el pantalón con cara de convencida, del tipo “esto también es por elección”.
Últimamente me olvido de casi todo. No sólo de la bombacha sino del shampoo y del desodorante. A veces ya estoy envuelta en la toalla cuando advierto la falta. Entonces mendigo unas gotas de algo para usar como gel de ducha y un poquito de desodorante, si no es molestia.
En general me dan sin problemas, debo admitir, pero después me ven perfumarme y maquillarme con todos los implementos (que jamás me faltan) y siento vergüenza. Y un poco de injusticia en sus miradas. Me dan ganas de preguntar: ¿Qué? ¿Acaso soy la única en este recinto que se ocupa de lo superficial y descuida lo importante?
viernes, 5 de septiembre de 2008
¿En serio?
La raza se llama cóquer, creo. El Negro era de esos perros de orejas enormes, que llegan al piso.
Siempre fue problemático. De chico metía las orejas en la leche y, después de que tomaba, las arrastraba y ensuciaba todo.
Además se le infectaban los oídos. Según el veterinario, las orejas le daban tanto, tanto calor, que los oídos no resistían. Había que darle antibióticos (todo un trabajo) y ponerle un palillo de ropa arriba de la cabeza, sosteniendo las orejas por sus puntas.
Tener un perro con un palillo de ropa en la cabeza ya no era muy lindo, pero además el Negro era cascarrabias y mordía y no hacía caso ninguno.
Lo atábamos de la columna del patio y siempre saltaba el muro y quedaba del lado del vecino. Pero como la cuerda no le daba para llegar al piso del otro lado, quedaba colgado en el aire y chillaba hasta que venía alguien y lo auxiliaba. No sé si no podía acumular conocimiento o era masoquista, pero lo repetía todo el tiempo.
Según la teoría de mi madre, el Negro era normal mientras fue cachorro, pero quedó bobo después de que tuvo “la joven edad” (la enfermedad con el nombre más lindo que conozco).
Una Navidad nos fuimos a Rosario y le dejamos comida y agua para tres días. Lo dejamos atado, pero cuando volvimos ya no había más Negro. Había saltado el muro y esta vez, con los cuetes y la música, nadie lo escuchó chillar.
En casa no lamentamos demasiado la pérdida, aunque fingimos que sí. Yo al Negro lo recuerdo cuando me junto con amigos terapiados y empieza la inevitable competencia de experiencias traumáticas. Siempre guardo ese as bajo la manga y en el momento justo, largo un:
_ A mí se me suicidó el perro en Navidad.
La respuesta siempre es la misma:
_ ¿En serio?
Siempre fue problemático. De chico metía las orejas en la leche y, después de que tomaba, las arrastraba y ensuciaba todo.
Además se le infectaban los oídos. Según el veterinario, las orejas le daban tanto, tanto calor, que los oídos no resistían. Había que darle antibióticos (todo un trabajo) y ponerle un palillo de ropa arriba de la cabeza, sosteniendo las orejas por sus puntas.
Tener un perro con un palillo de ropa en la cabeza ya no era muy lindo, pero además el Negro era cascarrabias y mordía y no hacía caso ninguno.
Lo atábamos de la columna del patio y siempre saltaba el muro y quedaba del lado del vecino. Pero como la cuerda no le daba para llegar al piso del otro lado, quedaba colgado en el aire y chillaba hasta que venía alguien y lo auxiliaba. No sé si no podía acumular conocimiento o era masoquista, pero lo repetía todo el tiempo.
Según la teoría de mi madre, el Negro era normal mientras fue cachorro, pero quedó bobo después de que tuvo “la joven edad” (la enfermedad con el nombre más lindo que conozco).
Una Navidad nos fuimos a Rosario y le dejamos comida y agua para tres días. Lo dejamos atado, pero cuando volvimos ya no había más Negro. Había saltado el muro y esta vez, con los cuetes y la música, nadie lo escuchó chillar.
En casa no lamentamos demasiado la pérdida, aunque fingimos que sí. Yo al Negro lo recuerdo cuando me junto con amigos terapiados y empieza la inevitable competencia de experiencias traumáticas. Siempre guardo ese as bajo la manga y en el momento justo, largo un:
_ A mí se me suicidó el perro en Navidad.
La respuesta siempre es la misma:
_ ¿En serio?
domingo, 31 de agosto de 2008
Antena de goma
Ayudada por la cerveza, yo también terminé riéndome del tema, pero la mayoría de las veces no ha sido gracioso.
La charla siempre empieza igual: yo y mi soltería crónica. A veces a mis contertulios les da por buscar causas psicológicas profundas y yo los atajo con un recuerdo terminante: en mi tierna adolescencia, mi padre ya me decía “antena de goma” porque, cito textual, “no agarraba nada”.
Y como una antena de goma que emitiera señales residuales, siempre me pasan estas cosas. El primer caso ocurrió en mis años de facultad. En Taller de Fotografía me mandaron hacer un trabajo sobre cuida-coches y yo le pedí al de mi cuadra que me sirviera de modelo.
El hombre tenía unos sesenta años y una silla de ruedas eléctrica. Las primeras charlas fueron de cordialidad, pero en algún momento él recibió una señal errónea y empezó a acosarme. Me tomaba la mano y me decía cosas que me provocaban tantas ganas de huir como culpa por no ser amable con un minusválido.
Empecé a evitar salir de casa y la situación me trastornó al punto de que todos se solidarizaron conmigo. Incluso llegué a capitalizarlo, por ejemplo, cuando mis hermanos me pedían que fuera al super.
-No puedo. El cuidacoches todavía está ahí-me excusaba.
El segundo admirador que restringió mis movimientos era sereno en el puerto. También tenía edad para ser mi padre y debe de haber confundido la confesión de mi carácter miedoso con un pedido de compañía.
Ruben se llamaba. Me esperaba todos los santos días y se tomaba ómnibus que no le servían para acompañarme hasta la radio. Una vez me tomé licencia y la señora que corta el fiambre en el super me tocó timbre.
-Es que Ruben me pidió que averiguara si estaba enferma o algo- me explicó.
El hombre me regaló un llavero con la leyenda “I love you” y yo tardé en lograr que captara la no correspondencia de las “ondas”.
La charla del sábado empezó por el actual admirador callejero que, como los anteriores, me hace cambiar mis caminos habituales. Este vende bolas de fraile en la esquina y yo lo entrevisté para una nota. Desde ese día, el saludo fue creciendo en amabilidad y ahora me da los buenos días con un beso muy sonoro y con dos bolas de fraile que me regala “para que acompañe el té”.
Yo no sé qué hacer con las bolas. No me gustan y no me animo a rechazarlas ni a tirarlas. Al principio se las traía a mi hermano, pero ahora ni él las quiere.
Ya no estoy a tiempo de confesarle que no como bolas de fraile. Entonces, cuando no estoy retrasada, doy toda la vuelta a la manzana para evitar empezar el día con un problema en la mano: dos bolas embolsadas y sin destino.
Sé que después logro zafar de estas situaciones, pero padezco el mientras tanto. Y no dejo de querer convertirme en una antena normal, para empezar emitir las señales correctas.
Entre tanto, despierto la risa de algunos y la compasión de otros. O inspiro versos como los que me escribió Cote. Estos se intitulan “Las bolas dulces”:
las bolas que me das,
la bola que me das,
no siempre las toco,
me impresionan un poco.
Depende del tamaño,
depende del color
Señor Cuidachoches, no señor!
sus bolas no son,
ni tienen tampoco,
todo el San Son.
Bolas bien dulces, son las que quiero yo
La charla siempre empieza igual: yo y mi soltería crónica. A veces a mis contertulios les da por buscar causas psicológicas profundas y yo los atajo con un recuerdo terminante: en mi tierna adolescencia, mi padre ya me decía “antena de goma” porque, cito textual, “no agarraba nada”.
Y como una antena de goma que emitiera señales residuales, siempre me pasan estas cosas. El primer caso ocurrió en mis años de facultad. En Taller de Fotografía me mandaron hacer un trabajo sobre cuida-coches y yo le pedí al de mi cuadra que me sirviera de modelo.
El hombre tenía unos sesenta años y una silla de ruedas eléctrica. Las primeras charlas fueron de cordialidad, pero en algún momento él recibió una señal errónea y empezó a acosarme. Me tomaba la mano y me decía cosas que me provocaban tantas ganas de huir como culpa por no ser amable con un minusválido.
Empecé a evitar salir de casa y la situación me trastornó al punto de que todos se solidarizaron conmigo. Incluso llegué a capitalizarlo, por ejemplo, cuando mis hermanos me pedían que fuera al super.
-No puedo. El cuidacoches todavía está ahí-me excusaba.
El segundo admirador que restringió mis movimientos era sereno en el puerto. También tenía edad para ser mi padre y debe de haber confundido la confesión de mi carácter miedoso con un pedido de compañía.
Ruben se llamaba. Me esperaba todos los santos días y se tomaba ómnibus que no le servían para acompañarme hasta la radio. Una vez me tomé licencia y la señora que corta el fiambre en el super me tocó timbre.
-Es que Ruben me pidió que averiguara si estaba enferma o algo- me explicó.
El hombre me regaló un llavero con la leyenda “I love you” y yo tardé en lograr que captara la no correspondencia de las “ondas”.
La charla del sábado empezó por el actual admirador callejero que, como los anteriores, me hace cambiar mis caminos habituales. Este vende bolas de fraile en la esquina y yo lo entrevisté para una nota. Desde ese día, el saludo fue creciendo en amabilidad y ahora me da los buenos días con un beso muy sonoro y con dos bolas de fraile que me regala “para que acompañe el té”.
Yo no sé qué hacer con las bolas. No me gustan y no me animo a rechazarlas ni a tirarlas. Al principio se las traía a mi hermano, pero ahora ni él las quiere.
Ya no estoy a tiempo de confesarle que no como bolas de fraile. Entonces, cuando no estoy retrasada, doy toda la vuelta a la manzana para evitar empezar el día con un problema en la mano: dos bolas embolsadas y sin destino.
Sé que después logro zafar de estas situaciones, pero padezco el mientras tanto. Y no dejo de querer convertirme en una antena normal, para empezar emitir las señales correctas.
Entre tanto, despierto la risa de algunos y la compasión de otros. O inspiro versos como los que me escribió Cote. Estos se intitulan “Las bolas dulces”:
las bolas que me das,
la bola que me das,
no siempre las toco,
me impresionan un poco.
Depende del tamaño,
depende del color
Señor Cuidachoches, no señor!
sus bolas no son,
ni tienen tampoco,
todo el San Son.
Bolas bien dulces, son las que quiero yo
domingo, 3 de agosto de 2008
De abrazos y abrazaderas
La psicóloga me hizo notar mi dificultad para recibir abrazos y mi imposibilidad de pedirlos. Yo acepté esas trabas; muy reales y muy mías.
Los abrazos de verdad, los largos, esos en que los cuerpos tardan segundos en separarse, me dan miedo, no los resisto… Me estresa abrazar. Y a la gente le da gracia cuando lo cuento.
Otro estrés que a veces provoca risas es el que me produce llamar al garrafero. Pagaría el precio de la garrafa y un plus para que alguien reciba por mí al garrafero.
No puedo subir en el ascensor sin cruzar palabra con el hombre que viene cargando una cosa pesadísima para mí. Necesito ser amable, preguntarle si el día ha sido muy duro, o interesarme por su salud, por su familia.
Al final, cuando lo despido, siempre pienso “No fue tan grave”, pero la siguiente garrafa que hay que comprar… Ufff… Deseo que alguien socialice por mí con el garrafero.
Hoy no pude retrasar el llamado porque el frío estaba imposible y la estufa empezó a largar olor a gas. Mucho. “Esta vez será peor, porque no es un intercambio ‘dinero-garrafa’. Hay un problema para solucionar, tendremos que estar un rato…Más estrés", me imaginé.
Apareció un muchacho de lo más buen mozo. Alto, fuerte. Le expliqué el problema y le indiqué la ubicación de mi cuarto, donde estaba la estufa.
- A vos lo que te falta es una abrazadera- sentenció.
Me acordé de mi psicóloga y no le respondí.
- ¿Sabés lo que es una abrazadera?- preguntó.
Negué con la cabeza.
- Vení que te muestro- me pidió.
Me acerqué tímida, consciente de que las palabras son solo eso y de que hay un camino largo entre la necesidad de ser amable y el ponerse a los mimos con el garrafero.
Me mostró la “abrazadera” que estaba en mi estufa (un metal redondo y chiquito) y me explicó que hacía falta otra.
- Es que estás teniendo una pérdida. Y necesitás algo que te apriete bien.
"Basta de recordarme verdades sobre mi vida… hacé el trabajo y listo”, pensé. Pero fui amable:
- ¿Vos me podés dar una? ¿O vender?
- Sí, claro. Pero la tengo abajo. Tenemos que ir a buscarla.
Otra vez el estrés del ascensor juntos. El que no quiere sopa…
Me dio la "abrazadera" en la vereda y me preguntó:
- ¿Querés que suba y te la ponga?
"Ahhh bueno", me dije. "Ya esto se está poniendo castaño oscuro".
- No hace falta. Puedo sola- le mentí.
Subí. Intenté poner la abrazadera y no pude. Otra vez, no pude. Intenté colocar, al menos, la válvula. Tampoco pude.
"La que queda es acostarme para no morir congelada”, concluí. Y me metí en las sábanas heladas… Todo por no ser capaz de aceptar que me pongan la abrazadera. O de que me abracen.
Los abrazos de verdad, los largos, esos en que los cuerpos tardan segundos en separarse, me dan miedo, no los resisto… Me estresa abrazar. Y a la gente le da gracia cuando lo cuento.
Otro estrés que a veces provoca risas es el que me produce llamar al garrafero. Pagaría el precio de la garrafa y un plus para que alguien reciba por mí al garrafero.
No puedo subir en el ascensor sin cruzar palabra con el hombre que viene cargando una cosa pesadísima para mí. Necesito ser amable, preguntarle si el día ha sido muy duro, o interesarme por su salud, por su familia.
Al final, cuando lo despido, siempre pienso “No fue tan grave”, pero la siguiente garrafa que hay que comprar… Ufff… Deseo que alguien socialice por mí con el garrafero.
Hoy no pude retrasar el llamado porque el frío estaba imposible y la estufa empezó a largar olor a gas. Mucho. “Esta vez será peor, porque no es un intercambio ‘dinero-garrafa’. Hay un problema para solucionar, tendremos que estar un rato…Más estrés", me imaginé.
Apareció un muchacho de lo más buen mozo. Alto, fuerte. Le expliqué el problema y le indiqué la ubicación de mi cuarto, donde estaba la estufa.
- A vos lo que te falta es una abrazadera- sentenció.
Me acordé de mi psicóloga y no le respondí.
- ¿Sabés lo que es una abrazadera?- preguntó.
Negué con la cabeza.
- Vení que te muestro- me pidió.
Me acerqué tímida, consciente de que las palabras son solo eso y de que hay un camino largo entre la necesidad de ser amable y el ponerse a los mimos con el garrafero.
Me mostró la “abrazadera” que estaba en mi estufa (un metal redondo y chiquito) y me explicó que hacía falta otra.
- Es que estás teniendo una pérdida. Y necesitás algo que te apriete bien.
"Basta de recordarme verdades sobre mi vida… hacé el trabajo y listo”, pensé. Pero fui amable:
- ¿Vos me podés dar una? ¿O vender?
- Sí, claro. Pero la tengo abajo. Tenemos que ir a buscarla.
Otra vez el estrés del ascensor juntos. El que no quiere sopa…
Me dio la "abrazadera" en la vereda y me preguntó:
- ¿Querés que suba y te la ponga?
"Ahhh bueno", me dije. "Ya esto se está poniendo castaño oscuro".
- No hace falta. Puedo sola- le mentí.
Subí. Intenté poner la abrazadera y no pude. Otra vez, no pude. Intenté colocar, al menos, la válvula. Tampoco pude.
"La que queda es acostarme para no morir congelada”, concluí. Y me metí en las sábanas heladas… Todo por no ser capaz de aceptar que me pongan la abrazadera. O de que me abracen.
jueves, 31 de julio de 2008
Con flores vengo
Yo tenía 15. Él 31. Él caminaba desgarbado y andaba pelilargo, desprolijo. Yo hacía teatro y me quería ir al Tibet. Él era profesor de Literatura.
Nunca me dio clases, jamás le conocí la voz. Sólo lo vi y decidí enamorarme. Lo seguía a su casa, provocaba encuentros en la biblioteca, lo dibujaba en mis cuadernos y, sobre todo, le decía a todo el mundo que estaba enamorada.
Él, con todo criterio, no me miraba ni la sombra. Además, vivía con su pareja de años.
Yo no quería traerle problemas, así que cuando decidí mandarle un ramo de flores, se lo envié al liceo. Ese día, como todos, fui a verlo cuando terminaba su turno. Se subió a la bici, acomodó el portafolios en el manillar y se fue maniobrando con una sola mano, porque en la otra llevaba mis flores. Estaba lloviendo. Y la imagen fue tan linda, que debe de haber sido en ese momento que me convencí de que los amores reales no pueden ser tan buenos como los inventados.
Nunca me dio clases, jamás le conocí la voz. Sólo lo vi y decidí enamorarme. Lo seguía a su casa, provocaba encuentros en la biblioteca, lo dibujaba en mis cuadernos y, sobre todo, le decía a todo el mundo que estaba enamorada.
Él, con todo criterio, no me miraba ni la sombra. Además, vivía con su pareja de años.
Yo no quería traerle problemas, así que cuando decidí mandarle un ramo de flores, se lo envié al liceo. Ese día, como todos, fui a verlo cuando terminaba su turno. Se subió a la bici, acomodó el portafolios en el manillar y se fue maniobrando con una sola mano, porque en la otra llevaba mis flores. Estaba lloviendo. Y la imagen fue tan linda, que debe de haber sido en ese momento que me convencí de que los amores reales no pueden ser tan buenos como los inventados.
domingo, 27 de julio de 2008
Carencias
Era el tercer paraguas de este año (con cuadritos y made in China, o sea, con garantía de que se iba a romper pronto). Admito que soy muy tacaña para comprarlos. Porque los olvido y porque los días de lluvia no pueden ser felices. Entonces el paraguas es como el símbolo de la infelicidad. Este era la infelicidad hecha en China. Y a cuadritos.
Mi hermana, por el contrario, se compra paraguas lindos…Con mangos de madera, amplios, de marcas conocidas… Los paraguas de mi hermana se distinguen fácil. Tanto que un día llevaba uno al trabajo por las dudas y se sorprendió mucho al reconocer un mellizo del suyo. Lo vio cuando un hombre la adelantó en una moto y ella pensó “Es idéntico a mi paraguas”. Pero no se trataba de un motoquero coqueto y precavido, sino de un oportunista que supo levantarlo cuando ella lo dejó caer.
Mi hermano es el peor. Sencillamente no compra ninguno e impunemente se lleva los míos. Como se levanta antes, se va con el primero que ve. Yo, en general, tengo que arreglármelas con el más viejo.
El otro día me tocó uno de esos destruidos… El de cuadritos. Es de los que te hacen evaluar: ¿Qué será más peligroso? ¿Mojarme y agarrarme una gripe o clavarme uno de estos fierros y quedar perforada?
Estaba demasiado roto y decidí ayudarlo en su misión. Le hice un orificio a una bolsa de residuos grande y me la puse cual poncho. El pobre estaba tan deformado que quedaba casi cerrado sobre mi cabeza y no me dejaba ver. Era como un cono vietnamita enorme. Pero chino y a cuadros.
El temporal era durísimo. Agua fuerte, volaba todo y el cono se me pegaba a la cara. Venía haciendo malabarismos inútiles cuando me sentí una roñosa. Pensé: “a ver cuándo aprendo de mi hermana y me compro un paraguas como la gente”… Juro que ya venía evaluándolo, que ya me había decidido a hacer la inversión. Por eso fue totalmente innecesario que el indigente que duerme frente a la radio me dijera con sorna “Si quiere, le presto el mío”. Pude contestarle “Y yo le presto a mi hermano”, pero me callé. Carencias tenemos todos. Hermanos, no.
Mi hermana, por el contrario, se compra paraguas lindos…Con mangos de madera, amplios, de marcas conocidas… Los paraguas de mi hermana se distinguen fácil. Tanto que un día llevaba uno al trabajo por las dudas y se sorprendió mucho al reconocer un mellizo del suyo. Lo vio cuando un hombre la adelantó en una moto y ella pensó “Es idéntico a mi paraguas”. Pero no se trataba de un motoquero coqueto y precavido, sino de un oportunista que supo levantarlo cuando ella lo dejó caer.
Mi hermano es el peor. Sencillamente no compra ninguno e impunemente se lleva los míos. Como se levanta antes, se va con el primero que ve. Yo, en general, tengo que arreglármelas con el más viejo.
El otro día me tocó uno de esos destruidos… El de cuadritos. Es de los que te hacen evaluar: ¿Qué será más peligroso? ¿Mojarme y agarrarme una gripe o clavarme uno de estos fierros y quedar perforada?
Estaba demasiado roto y decidí ayudarlo en su misión. Le hice un orificio a una bolsa de residuos grande y me la puse cual poncho. El pobre estaba tan deformado que quedaba casi cerrado sobre mi cabeza y no me dejaba ver. Era como un cono vietnamita enorme. Pero chino y a cuadros.
El temporal era durísimo. Agua fuerte, volaba todo y el cono se me pegaba a la cara. Venía haciendo malabarismos inútiles cuando me sentí una roñosa. Pensé: “a ver cuándo aprendo de mi hermana y me compro un paraguas como la gente”… Juro que ya venía evaluándolo, que ya me había decidido a hacer la inversión. Por eso fue totalmente innecesario que el indigente que duerme frente a la radio me dijera con sorna “Si quiere, le presto el mío”. Pude contestarle “Y yo le presto a mi hermano”, pero me callé. Carencias tenemos todos. Hermanos, no.
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