Después del bautismo, el primer contacto con mi madrina fue una Navidad. Yo andaría por los cuatro años y deseaba un teléfono de juguete más que al aire que respiraba.
Papá anunció que la Navidad sería distinta porque iríamos a Rosario, donde estaba mi madrina. ¡Zas! Mi cabeza voló y me entusiasmé mucho. No tanto por la posibilidad de conocerla, sino por la certeza de que ella me daría el teléfono que quería.
Llegué a convencerme de que el viaje a Rosario tenía esa finalidad. Imaginé que mis padres habían tramado todo para que mi madrina me diera mi ansiado regalo.
El viaje a Rosario fue eterno, pero no rezongué.
-¿Cómo es mi madrina, mamá?
-Bueno, la última vez que la vi tenía el pelo largo y lacio. A veces es rubia y a veces no.
-¿Es linda?
- Es linda sí.
En Rosario fuimos directo a lo de Tía Ana. Mi madrina llegó un rato después. No traía una caja en papel de regalo.¡Traía dos!
-¿Son las dos para mi?- pregunté, para descartar que hubiera que compartir alegrías con mi hermana.
-Claro- dijo y se sonrió.
En el primer paquete había un recipiente de metal gris, redondito y una cuchara también de aluminio. Dos utensillos de aluminio, sin un solo dibujito, una rayita, nada, ni un colorcito... solo aluminio gris.
- Ah, ¡una compotera! !Qué bueno!- Mi madre quiso prevenir el desborde de llanto que me adivinaba en la cara.
- ¡Una compotera no!- saltó mi madrina, y me acercó la segunda caja:
- Son dos. Hacen el juego -me explicó.
Dicen que los niños piensan en el suicidio. Yo debí de hacerlo aquella noche. Sntada en el piso, a 500 kilómetros de mi casa, ayuna de todo teléfono de juguete y con dos compoteras de aluminio en la mano.
Creo que esa noche me convertí en lo que soy: la peor madrina del mundo. Cuando pienso en mis ahijados trato de invocar a Drexler y me disculpo tarareando su “cada uno da lo que recibe / y luego recibe lo que da/ nada es más simple / no hay otra norma / nada se pierde / todo se transforma”.
Todo menos las compoteras, claro, que jamás serán teléfonos.
martes, 27 de enero de 2009
sábado, 17 de enero de 2009
Socialmente irresponsable
Un día se quebró un vidrio en casa. Lo junté con la escoba y lo puse en la basura.
Marina me miró perpleja.
- ¿Lo vas a bajar ahí mezclado con toda la basura?- preguntó sorprendida.
- ¿Qué tiene de malo?
- ¿No sabés que hay gente que revuelve la basura? Se pueden cortar. Al menos deberías poner un papel afuera con un aviso de tipo “cuidado, hay vidrios”.
Nunca lo bajé. Los pedazos de vidrio estuvieron meses en casa y no sé quién se encargó, pero no fui yo. Es que cada vez que iba a hacer el cartelito me deprimía la imagen de una persona revolviendo y sentía vergüenza de haber descubierto lo poco que pienso en los demás.
A ese descubrimiento le siguió la película de Al Gore, que fue toda una confirmación: soy individualista. Ojo, sí creo que el cambio climático es verdad. Lo que no logro es que me importe.
Ahora parece que un comportamiento muy comprometido es rechazar las bolsas de nylon. En mi barrio aún no se ha hecho costumbre, pero el almacenero de enfrente a mi trabajo me contó que los europeos “no te agarran una sola bolsa”.
- A veces, si ven que se les cae todo, se llevan una y después me la vienen a devolver.
- Ah bueno…Entonces quédese con esta. No pensará que después de ese cuento me voy a llevar un yogur embolsado. Desde ahora no llevo más. Europa es vanguardia- bromeé. Pero me propuse rechazarlas de verdad.
Ayer, mientras buscaba la plata para pagar el almuerzo, la cajera me puso dos bolsas: una para el refresco y otra para el omelette.
- Te agradezco pero te dejo las bolsas- le dije mientras yo misma las sacaba.
- Ok. No hay problema. ¿Los cubiertos de plástico también los dejas?
- Ehhhhhh
(Debate interno entre el orgullo, el placer de ser socialmente responsable y la perspectiva de comer con las manos).
“Dámelos”, le ordeno muy firme.
Pero la inseguridad me acompañó en el camino... No sé cuánto tarda en degradarse un cubierto… Se supone que las generaciones que vienen serán más evolucionadas. De última que los pongan a todos juntos en un trasbordador y que los manden a algún otro planeta… qué se yo. Eso sí, con un cartelito que avise: “Cuidado, hay cuchillos”.
Marina me miró perpleja.
- ¿Lo vas a bajar ahí mezclado con toda la basura?- preguntó sorprendida.
- ¿Qué tiene de malo?
- ¿No sabés que hay gente que revuelve la basura? Se pueden cortar. Al menos deberías poner un papel afuera con un aviso de tipo “cuidado, hay vidrios”.
Nunca lo bajé. Los pedazos de vidrio estuvieron meses en casa y no sé quién se encargó, pero no fui yo. Es que cada vez que iba a hacer el cartelito me deprimía la imagen de una persona revolviendo y sentía vergüenza de haber descubierto lo poco que pienso en los demás.
A ese descubrimiento le siguió la película de Al Gore, que fue toda una confirmación: soy individualista. Ojo, sí creo que el cambio climático es verdad. Lo que no logro es que me importe.
Ahora parece que un comportamiento muy comprometido es rechazar las bolsas de nylon. En mi barrio aún no se ha hecho costumbre, pero el almacenero de enfrente a mi trabajo me contó que los europeos “no te agarran una sola bolsa”.
- A veces, si ven que se les cae todo, se llevan una y después me la vienen a devolver.
- Ah bueno…Entonces quédese con esta. No pensará que después de ese cuento me voy a llevar un yogur embolsado. Desde ahora no llevo más. Europa es vanguardia- bromeé. Pero me propuse rechazarlas de verdad.
Ayer, mientras buscaba la plata para pagar el almuerzo, la cajera me puso dos bolsas: una para el refresco y otra para el omelette.
- Te agradezco pero te dejo las bolsas- le dije mientras yo misma las sacaba.
- Ok. No hay problema. ¿Los cubiertos de plástico también los dejas?
- Ehhhhhh
(Debate interno entre el orgullo, el placer de ser socialmente responsable y la perspectiva de comer con las manos).
“Dámelos”, le ordeno muy firme.
Pero la inseguridad me acompañó en el camino... No sé cuánto tarda en degradarse un cubierto… Se supone que las generaciones que vienen serán más evolucionadas. De última que los pongan a todos juntos en un trasbordador y que los manden a algún otro planeta… qué se yo. Eso sí, con un cartelito que avise: “Cuidado, hay cuchillos”.
sábado, 10 de enero de 2009
Amores perros
No existen mascotas para gente sola que trabaja mucho. He pensado en todas. Hace un tiempo quise un perro grande para sentir menos miedo, pero concluí que no puedo tenerlo encerrado todo el día mientras trabajo.
A mamá se le ocurrió que tuviera un tero.
_ ¿Cómo son los teros? No me acuerdo, mami. ¿No es un pájaro?
_ Es parecido a un pájaro, pero son mucho más lindos. Y muy guardianes. Eso sí, si no le cortás las alas, se te va… Incluso podrías atarlo con una piolita en la terraza.
Por el recuerdo que tenía de los teros, me costaba creer que pudieran espantar a un ladrón, pero le pedí a Miriam que me buscara un pichón. En la Charqueada hay muchos y Miriam me dijo lo mismo: que eran divinos y servían como animal guardián.
Me entusiasmé con la idea y fui a Internet a ver la cara de mi futura mascota. En la pantalla comprobé que a las mujeres de mi casa les falta un tornillo, porque el tero no sólo es un simple pájaro, sino que tiene cara de malo y jamás me hubiera animado a atarlo con una piola en la terraza. Mucho menos a flagelar sus alas.
Con el tiempo fui sintiendo menos miedo y quise tener una mascota por otro motivo: ganas de un cariño cuando llego a casa. Fui a la feria de Tristán Narvaja y me esforcé por sentir algo con la mirada de un pez, de una tortuga... Fracaso. Esos bichos no tienen mirada.
A mi amiga Andrea se le ocurrió una idea. Ella también pasa poco tiempo en la casa y pensó que podíamos comprar conejos de 40 pesos por el fin de semana, disfrutar de sus mimos esos dos días y los lunes, a la hora de trabajar, hacerlos resbalar por la ventana hacia un mundo mejor. Pero nunca nos decidimos.
Los gatos están fuera de discusión. Sueño con un mundo sin gatos, de modo que vuelvo al principio y solo puede ser un perro.
Cuando conocí el caniche de Teresita me decidí: “este es el tipo que quiero”. El detalle es que tengo que renunciar a uno de mis trabajos para atenderlo. El animal no puede estar solo de 7 a 20. Eso sí... si renuncio a un trabajo, no sé si podré pagar su alimento, veterinario y esas cosas.
Una de las metas 2009 es tener un caniche. Tengo claro que supone muchas renuncias, que habrá menos libertad, que tendré que cocinarle, acompañarlo cuando se enferme, que no podré decir “me voy de viaje” sin más y que todos los días cargaré con la certeza de que debo volver a casa, aunque me tienten otros destinos.
Mientras llega el día, pienso en cómo manejar el gran miedo. Ese de renunciar a cosas por él, quererlo mucho, abrazarlo mucho, dejar de hacer cosas para estar a su lado y que un día me mire tiernecito y me diga (en lenguaje perruno) que soy buenísima, que me agradece todo, pero que quiere otra cosa. Y guau.
Y no ser capaz de cortarle las alas.
A mamá se le ocurrió que tuviera un tero.
_ ¿Cómo son los teros? No me acuerdo, mami. ¿No es un pájaro?
_ Es parecido a un pájaro, pero son mucho más lindos. Y muy guardianes. Eso sí, si no le cortás las alas, se te va… Incluso podrías atarlo con una piolita en la terraza.
Por el recuerdo que tenía de los teros, me costaba creer que pudieran espantar a un ladrón, pero le pedí a Miriam que me buscara un pichón. En la Charqueada hay muchos y Miriam me dijo lo mismo: que eran divinos y servían como animal guardián.
Me entusiasmé con la idea y fui a Internet a ver la cara de mi futura mascota. En la pantalla comprobé que a las mujeres de mi casa les falta un tornillo, porque el tero no sólo es un simple pájaro, sino que tiene cara de malo y jamás me hubiera animado a atarlo con una piola en la terraza. Mucho menos a flagelar sus alas.
Con el tiempo fui sintiendo menos miedo y quise tener una mascota por otro motivo: ganas de un cariño cuando llego a casa. Fui a la feria de Tristán Narvaja y me esforcé por sentir algo con la mirada de un pez, de una tortuga... Fracaso. Esos bichos no tienen mirada.
A mi amiga Andrea se le ocurrió una idea. Ella también pasa poco tiempo en la casa y pensó que podíamos comprar conejos de 40 pesos por el fin de semana, disfrutar de sus mimos esos dos días y los lunes, a la hora de trabajar, hacerlos resbalar por la ventana hacia un mundo mejor. Pero nunca nos decidimos.
Los gatos están fuera de discusión. Sueño con un mundo sin gatos, de modo que vuelvo al principio y solo puede ser un perro.
Cuando conocí el caniche de Teresita me decidí: “este es el tipo que quiero”. El detalle es que tengo que renunciar a uno de mis trabajos para atenderlo. El animal no puede estar solo de 7 a 20. Eso sí... si renuncio a un trabajo, no sé si podré pagar su alimento, veterinario y esas cosas.
Una de las metas 2009 es tener un caniche. Tengo claro que supone muchas renuncias, que habrá menos libertad, que tendré que cocinarle, acompañarlo cuando se enferme, que no podré decir “me voy de viaje” sin más y que todos los días cargaré con la certeza de que debo volver a casa, aunque me tienten otros destinos.
Mientras llega el día, pienso en cómo manejar el gran miedo. Ese de renunciar a cosas por él, quererlo mucho, abrazarlo mucho, dejar de hacer cosas para estar a su lado y que un día me mire tiernecito y me diga (en lenguaje perruno) que soy buenísima, que me agradece todo, pero que quiere otra cosa. Y guau.
Y no ser capaz de cortarle las alas.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
sin festejos
Que Papá Noel fueran los padres no me afectó tanto. Lo que nunca pude superar fue que el Año Nuevo lo estrenaran los australianos y me llegara recontra usado.
Adida´s delito´s
Ayer supe que abrió un local de Adidas a la vuelta de mi casa. La marca de las tres líneas. Y no deja de emocionarme, porque cuando chica supe ser fanática de sus equipos deportivos y championes. No por haberlos tenido, sino por lo contrario.
En realidad, a mi sí me compraban cosas Adidas, pero brasileras. Eran los Adidas del Chuy, que no eran iguales, por mucho que mamá dijera que sí. Igual me encantaba tener equipos Adidas brasileros.
En general, llegaban antes de empezar las clases, con el viaje del "surtido". Yo sufría náuseas en la ruta, pero cuando llegábamos ahhh… qué lindo. Llenar el carro en el super y después ponerse ropa nueva de pies a cabeza era, sin dudas, una de las mejores alegrías.
Y la emoción de comprar bolsas enteras de bombachas o de llevar medias por docena… ¡Dios! Las idas al Chuy despertaron un exacerbado consumismo en mi primera infancia que hasta ahora estoy tratando de revertir. Pero esos viajes eran mucho más que comprar. Tenían puntos emocionales altos, como pasar la Aduana.
El operativo de esconder las cosas en el auto incluía hacer desaparecer bolsas, ponerse ropa hasta parecer el muñeco de Pirelli y coser almohadones con sábanas adentro, sobre los que había que sentarse. En general, era la abuela la que se les sentaba arriba porque era tan gorda que tapaba todo y además ella ponía cara de mala para disuadir al aduanero.
Antes de llegar al puesto de control, adrenalina pura. Y mamá que nos manda callar… shshsh… Y se abre el baúl y la respiración contenida y el hombre que observa y revuelve... Y me miro los pies con mis championes Adidas, y por gusto me piso uno con el otro, como si fueran viejos y no me importara. Y el auto que arranca y grandes festejos entre ventanillas.
El estreno de los Adidas en la escuela era otro gran momento. Aún sabiendo que no eran los mejores, que los verdaderos eran caros y estaban en otro lado. Acaso, a la vuelta misma de mi casa.
En realidad, a mi sí me compraban cosas Adidas, pero brasileras. Eran los Adidas del Chuy, que no eran iguales, por mucho que mamá dijera que sí. Igual me encantaba tener equipos Adidas brasileros.
En general, llegaban antes de empezar las clases, con el viaje del "surtido". Yo sufría náuseas en la ruta, pero cuando llegábamos ahhh… qué lindo. Llenar el carro en el super y después ponerse ropa nueva de pies a cabeza era, sin dudas, una de las mejores alegrías.
Y la emoción de comprar bolsas enteras de bombachas o de llevar medias por docena… ¡Dios! Las idas al Chuy despertaron un exacerbado consumismo en mi primera infancia que hasta ahora estoy tratando de revertir. Pero esos viajes eran mucho más que comprar. Tenían puntos emocionales altos, como pasar la Aduana.
El operativo de esconder las cosas en el auto incluía hacer desaparecer bolsas, ponerse ropa hasta parecer el muñeco de Pirelli y coser almohadones con sábanas adentro, sobre los que había que sentarse. En general, era la abuela la que se les sentaba arriba porque era tan gorda que tapaba todo y además ella ponía cara de mala para disuadir al aduanero.
Antes de llegar al puesto de control, adrenalina pura. Y mamá que nos manda callar… shshsh… Y se abre el baúl y la respiración contenida y el hombre que observa y revuelve... Y me miro los pies con mis championes Adidas, y por gusto me piso uno con el otro, como si fueran viejos y no me importara. Y el auto que arranca y grandes festejos entre ventanillas.
El estreno de los Adidas en la escuela era otro gran momento. Aún sabiendo que no eran los mejores, que los verdaderos eran caros y estaban en otro lado. Acaso, a la vuelta misma de mi casa.
lunes, 22 de diciembre de 2008
la Ronda del miedo
De todos los miedos que tengo (todos los que existen) sólo me animo a hacerle frente a uno: el miedo al ridículo.
Una amiga me contó hace años que, mandada por su terapeuta y con la idea de transitar ese camino, se subía a los ómnibus a vender inciensos.
Yo he hecho un recorrido mucho más humilde, aunque en ascenso. Cantar en la calle, bailar de ojos cerrados y dejar de usar cierta ropa interior fueron los primeros pasos.
En estos tiempos, le he dado un buen golpe a ese miedo gracias a la bicicleta. Por algunas descoordinaciones logísticas, me ha tocado ir a conferencias de prensa con pantalón deportivo y pedalear en pollera. También andar con la cara llena de grasa sin saberlo o tener a medio edificio esperando para usar el ascensor cuando la bici se me tranca en su interior.
La mayor parte de mis avances se la debo al casco violeta que mi madre me regaló y me conmina a ponerme. Mamá no lo sabe, pero me gritan cosas en la calle por el casco. Yo repito como un mantra “no le temo al ridículo, no le temo al ridículo, mi casco me protege, parezco un astronauta pero estoy protegida”.
La debilidad me gana cuando paso por La Ronda con la cara colorada del esfuerzo. Ningún bar me intimida tanto como ese, vaya uno a saber por qué. Acaso porque los que están ahí sentados se ven tan lindos... Y yo paso hecha un desastre, transpirada y con un globo violeta en la cabeza.
El sol es el gran enemigo de mis paseos ciclistas. Por eso el otro día, cuando me crucé con una turista que llevaba una sombrilla de colores, pensé: “qué buena idea para mi bici. Yo podría manejar con una mano y sostener la sombrilla con la otra”.
Desde ese día lo pienso, pero no me decido.
La lucha contra el ridículo es un arma de doble filo. Mientras junto valor, fantaseo con estacionar la bici en La Ronda una tarde de estas, sacarme despacio el casco, apoyarlo en esa mesa divina que tienen, dejar la sombrilla colgada en un respaldo y pedir una cerveza. Para brindar claro, por los que venden incienso para dejar de temer.
Una amiga me contó hace años que, mandada por su terapeuta y con la idea de transitar ese camino, se subía a los ómnibus a vender inciensos.
Yo he hecho un recorrido mucho más humilde, aunque en ascenso. Cantar en la calle, bailar de ojos cerrados y dejar de usar cierta ropa interior fueron los primeros pasos.
En estos tiempos, le he dado un buen golpe a ese miedo gracias a la bicicleta. Por algunas descoordinaciones logísticas, me ha tocado ir a conferencias de prensa con pantalón deportivo y pedalear en pollera. También andar con la cara llena de grasa sin saberlo o tener a medio edificio esperando para usar el ascensor cuando la bici se me tranca en su interior.
La mayor parte de mis avances se la debo al casco violeta que mi madre me regaló y me conmina a ponerme. Mamá no lo sabe, pero me gritan cosas en la calle por el casco. Yo repito como un mantra “no le temo al ridículo, no le temo al ridículo, mi casco me protege, parezco un astronauta pero estoy protegida”.
La debilidad me gana cuando paso por La Ronda con la cara colorada del esfuerzo. Ningún bar me intimida tanto como ese, vaya uno a saber por qué. Acaso porque los que están ahí sentados se ven tan lindos... Y yo paso hecha un desastre, transpirada y con un globo violeta en la cabeza.
El sol es el gran enemigo de mis paseos ciclistas. Por eso el otro día, cuando me crucé con una turista que llevaba una sombrilla de colores, pensé: “qué buena idea para mi bici. Yo podría manejar con una mano y sostener la sombrilla con la otra”.
Desde ese día lo pienso, pero no me decido.
La lucha contra el ridículo es un arma de doble filo. Mientras junto valor, fantaseo con estacionar la bici en La Ronda una tarde de estas, sacarme despacio el casco, apoyarlo en esa mesa divina que tienen, dejar la sombrilla colgada en un respaldo y pedir una cerveza. Para brindar claro, por los que venden incienso para dejar de temer.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Anti age
Mamá me regaló una crema antiarrugas. Ese hecho, por sí sólo, valdría una reflexión, pero el problema no es la crema en sí. Creo que el problema es el frasco, el pote, el envase.
A la crema la usé con mucho gusto. Hace como un mes me pareció que se estaba terminando y compré otra. Pero a la de mami le quedaba un poco, así que la dejé boca abajo.
Empecé a ponerme de la nueva. Todos los días, cuando termino de untármela, saco un restito de la de mami, con la esperanza de que sea la última vez. Pero sigue saliendo. Y me pongo de esa también.
A veces la cara ya no puede absorber más y me la desparramo en los brazos. Cuando me parece demasiado derroche, la cierro y pienso: “mañana se termina seguro” y la dejo boca arriba. Pero no se acaba.
No quiero pensar que el frasco está endiablado y se rellena solo. Sólo trato de ver por qué me falta valor para tirarlo de una vez. Tener dos cremas en la pileta me deja sin espacio para el jabón, por ejemplo, pero no me decido a hacer nada.
Me pregunto si esa indecisión es hija de mi masoquismo… Ese mismo masoquismo que siempre me hace prolongar las incomodidades o mirar primero el “Correo no deseado” en el Hotmail.
También puede ser avaricia, o castigo divino por hacerle frente al paso del tiempo. O puede ser una prueba más de que las cosas que nos dan las madres duran para siempre.
A la crema la usé con mucho gusto. Hace como un mes me pareció que se estaba terminando y compré otra. Pero a la de mami le quedaba un poco, así que la dejé boca abajo.
Empecé a ponerme de la nueva. Todos los días, cuando termino de untármela, saco un restito de la de mami, con la esperanza de que sea la última vez. Pero sigue saliendo. Y me pongo de esa también.
A veces la cara ya no puede absorber más y me la desparramo en los brazos. Cuando me parece demasiado derroche, la cierro y pienso: “mañana se termina seguro” y la dejo boca arriba. Pero no se acaba.
No quiero pensar que el frasco está endiablado y se rellena solo. Sólo trato de ver por qué me falta valor para tirarlo de una vez. Tener dos cremas en la pileta me deja sin espacio para el jabón, por ejemplo, pero no me decido a hacer nada.
Me pregunto si esa indecisión es hija de mi masoquismo… Ese mismo masoquismo que siempre me hace prolongar las incomodidades o mirar primero el “Correo no deseado” en el Hotmail.
También puede ser avaricia, o castigo divino por hacerle frente al paso del tiempo. O puede ser una prueba más de que las cosas que nos dan las madres duran para siempre.
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