Cuando los hijos tuvimos edad de preguntar, solemnemente nos reunió para hablar. Nos sentamos en la cama grande y él, nervioso, empezó a explicarnos por qué se iba de casa:
—Hay cosas que he aguantado mucho tiempo y que no soporto más —empezó.
—¿Qué cosas? —se animó mi hermana grande.
—Por ejemplo: lo desordenada que es mamá —soltó.
Aunque éramos muy chicos, nos sorprendió el argumento, estoy segura, porque lo miramos como pidiendo más. Y él siguió:
—A veces tengo que ir a trabajar y no encuentro nada en ese ropero, siempre está todo desordenado —se quejó y me ordenó: —Andá vos, Maru. Abrí el ropero para que lo puedan ver. Abrilo, dale.
Me levanté y, con la tensión de quien va a descubrir un original de Dalí, giré la llave y abrí el ropero de mis padres. Los estantes parecían los de una tienda de shopping. La ropa estaba ordenada hasta por colores.
El otro día estábamos en casa de mi tía Susana y nos volvimos a reír del oportunismo malicioso de mamá, ese que la hizo arreglar el ropero justo el día en que papá se iba. Y por alguna razón empezamos a hacer una estadística familiar:
| Mamá Ana |
Desordenada Ordenada |
Divorciada casada |
Elsa |
Ordenada |
casada |
Marcia |
Desordenada |
separada |
Maru |
Desordenada |
soltera |
Susana |
Desordenada |
divorciada |
Natalia |
Ordenada |
tiene pareja |
Florencia |
Desordenada |
soltera |
Con mucho asombro, seguimos la regla con otras tías y amigas, y pa, qué salado: pasa algo muy serio entre los hombres y el orden. No es que ellos sean ordenados, sino que buscan mujeres que les provean orden. ¡Dios, es tan claro! Y nosotras, ignorantes, ¡hacíamos dietas!
***
Hoy me llamó mamá:
—¿Adiviná qué? Estoy arreglando la ropa.
—Igual ya no va a volver—bromeé.
Y nos volvimos a reír.