jueves, 1 de abril de 2010

Una manito con el trauma

Estaba menstruando y había tomado vino, pero Andrea no lo sabía. Ignorando lo que se venía, se ofreció a acompañarme en el 121.

No me acuerdo cómo saqué el tema, pero aproveché para contarle una vieja frustración.

- A veces pienso: ya tengo 33 y nunca anduve de la mano con nadie.

- ¿Cómo que no?

- Te lo juro. Mi primer novio era como una cabeza más bajo y quedaba horrible andar de la mano. Parecía la madre. Después tuve aquel amor clandestino y menos que menos. Y el resto han sido relaciones insignificantes y horizontales.

- ¿Nunca caminaste de la mano con nadie? ¿En serio?

- Bueno, con mi madre cuando era chica. Después no.

Andrea empezó a intuir lo del vino, estoy segura, y quiso sacarle dramatismo.

- Bueno, tampoco es la gran cosa darse la mano…

- No te creas. Ahora pienso… ¿No será que el problema soy yo? ¿No será que transmito una cosa autosuficiencia o algo así?

- No creo, no.

- A veces, en los viajes de Nuñez, cuando apagan las luces y todos duermen, me vienen ganas de agarrarle la mano al que viaja al lado, a cualquiera… Te quiero decir que la gente no valora ese acto. Y no es algo que pueda hacer cualquiera. Hay que caminar al mismo ritmo, percibir al otro como un “par”... Y de alguna forma es como un símbolo de la unión pero con autonomía.

- ¿Vos estás por menstruar?- adivina Andrea.

- No, ya me vino, pero te juro que esto te lo puedo decir cualquier día: me frustra no haber caminado una maldita cuadra de la mano de alguien que me gustara.

- Bueno, ya te tocará.

- Ta. Mi miedo es ser un tipo de mujer al que los hombres no toman de la mano… Va más allá de la anécdota. Pero ta, no importa.

Nos despedimos en su parada y yo seguí unos minutos más de viaje. Estaba frente a la puerta trasera del ómnibus cuando me habla una señora. Venía cargada con bolsos y con una beba en los brazos. Mientras me señala a un nenito de unos cuatro años, me pregunta:

- ¿Te molestaría agarrarle la mano para ayudarlo a bajar?
- ¡Claro que no! - dije y enseguida me invadió el miedo.

“Este mocoso me va a hacer señas de que no quiere con la cabeza y lo voy a tener que sopapear”, pensé.

Pero no. El angelito se prendió de mi mano. Vino un semáforo y nos quedamos agarrados. Yo lo apretaba fuerte, como para que no le diera por dudar.

Cuando bajamos lo solté, le sonreí y arranqué a caminar fascinada por la magia del universo… ¡Justo ese día, después de esa charla, me toca agarrar la mano de alguien!... ¡Qué coincidente todo! Por un buen rato ni se me ocurrió pensar que la señora debía de haber viajado en el asiento de atrás.

2 comentarios:

chiches dijo...

una leyenda china dice... que el abuelo que vive en la luna, ata 1 hilo rojo en la muñeca de cada niño que nace, ese hilo está atado a otros hilos, que sujetan a su vez las muñecas de todas las personas con las que ese niño está destinado a encontrarse. A medida que crece, los hilos se van acortando, acercando cada vez más a aquellas personas que están destinadas a reunirse a pesar del tiempo, del lugar, de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse pero nunca romperse.
No te fijaste si el niño tenía algo en la muñeca?

Ariadna dijo...

no te perdés de mucho...
las manos empiezan a transpirar, es una cosa asquerosa! y se vuelve bastante incómodo cuando se tiene que tomar valor para soltarle la mano (o cuando te la sueltan).
pero ni bien aflojás la mano, el otro la afloja... enseguida te dás cuenta de que la otra persona tenía la misma sensación de incomodidad...
en fin, una porquería.


que tan tierno me resultó lo del nenito... ♥

(en vez de revisar fotos de gente que no conozco en el feibu, me pareció más productivo leer blogs de gente que no conozco jaja).